“El punto accesible al bien…en Mornés”
Conmemoración de Madre Mazzarello – agosto 2026
A veces nos pasa casi sin darnos cuenta. Una conducta se repite, una dificultad nos cansa y terminamos mirando a la persona desde aquello que no funciona: que la limita «siempre responde así», «nunca termina lo que comienza», «con él no hay manera».
La dificultad puede ser real.
Pero ¿es toda la verdad sobre esa persona?

A veces, casi sin darnos cuenta, el cansancio o el desánimo nos ganan terreno. Cuando esto pasa, es muy humano terminar fijándonos solo en lo que no sale bien, en los límites, como si los errores de los demás fueran lo único que define quiénes son. Solemos creer que, para mejorar las cosas, hay que estar siempre señalando los fallos, pues nos parece que se necesita corregir, pero quizás nos estamos perdiendo de lo más importante: que en cada persona como dice Don Bosco: “Hay un punto accesible al bien”, una chispa que Dios ha puesto ahí. Aprender a ver esa bondad, a veces oculta bajo las dificultades, no es solo ser optimistas, es reconocer que, si queremos que alguien florezca, necesitamos apostar por lo bueno que ya tiene, rescatarlo y ayudarle a que eso sea lo que realmente guíe sus pasos.
Es lo que Madre Mazzarello logró vivir en Mornés, ella no conocía a las jóvenes desde lejos. Compartía con ellas el trabajo, la oración, la recreación y los pequeños acontecimientos cotidianos. Allí aprendía quién era cada una.
Por eso, escribiendo a sor Ángela Vallese, podía recomendarle algo muy concreto: era necesario «estudiar la manera de ser de cada una» y saber acompañarlas de modo que se lograra «inspirar confianza» (Madre Mazzarello, Carta 25, Nizza Monferrato, 22 de julio de 1879).
No era una técnica para manejar caracteres. Era una manera salesiana de cuidar.
Ante una persona difícil, la pregunta no era solamente: «¿qué debemos corregir?». Había otra pregunta detrás:
¿Por dónde puede crecer el bien en esta persona?
En la misma carta, hablando de una hermana concreta, María confía: «me parece que, si sabéis cómo tomarla, resultará bien» (C 25).
Ahí aparece una de las claves más hermosas de Mornés: descubrir cómo acercarnos a la persona para que pueda responder desde lo mejor de sí misma.

Corregir sin destruir
Madre Mazzarello no confundía confianza con permisividad. En la Carta 25 habla también de corregir, advertir y acompañar con caridad. Pero añade algo decisivo: no podemos pretender que una persona se corrija de todo de repente.

Educar exige paciencia activa.
Una persona puede equivocarse y, sin embargo, conservar una capacidad para amar, servir, recomenzar o responsabilizarse. El límite no desaparece; simplemente deja de ocupar toda nuestra mirada.
Un testimonio de sor Enriqueta Sorbone describe a Madre Mazzarello como una «verdadera jardinera», capaz de reconocer dónde podía desarrollarse mejor cada persona. No exigía que todas crecieran de la misma manera: observaba, acompañaba y confiaba responsabilidades según las posibilidades concretas de cada una.

Una mirada que ama primero
El Evangelio nos conduce a la raíz de esta pedagogía:
«Jesús, fijando en él su mirada, le amó.» (Mc 10,21)
Antes de la propuesta viene una mirada. Jesús mira, ama y después invita.
En Mornés sucede algo semejante: la confianza abre un espacio donde la persona puede reconocerse, decidir y crecer.
Y para María Doménica todo esto tenía un horizonte todavía mayor. Ella misma escribió:
«Si yo amo a Jesús con todo el corazón, sabré también hacer que los demás lo amen» (Carta # 11,2).
El bien descubierto no termina en sentirnos mejor con nosotros mismos. Está llamado a convertirse en camino hacia Dios, vocación y servicio.
Podemos preguntarnos:
¿A quién estamos mirando casi únicamente desde su dificultad?
¿Qué gesto pequeño revela que allí sigue habiendo una posibilidad de bien?
¿Hemos creado suficiente confianza para que esa persona pueda mostrarnos quién es realmente?
Para dar pequeños pasos…
En familia: antes de corregir, nombremos algo verdadero que reconocemos.
Como educadores: observemos una capacidad concreta detrás de una conducta difícil.
En grupo: completemos con respeto: «Veo en ti…», evitando elogios genéricos.
Quizá educar comienza precisamente aquí: cuando dejamos de fijarnos únicamente en lo que parece cerrado y aprendemos a reconocer ese pequeño lugar por donde la persona todavía puede responder.
Dios ya está trabajando en cada corazón.
Nosotros aprendemos a reconocerlo, inspirar confianza y colaborar pacientemente con lo que Él hace crecer.