«Hazte amar»:

Don Rúa, el padre que hizo del manantial un río

Hay personas a las que se les confía una obra. A otras se les confían personas. Y algunas reciben algo todavía más delicado: un espíritu o carisma que debe seguir vivo cuando ya no está quien lo inició.

Eso ocurrió con Miguelito Rua…

Tenía apenas ocho años cuando conoció a Don Bosco. Había nacido en Turín en 1837, en el barrio obrero de Borgo Dora; su padre trabajaba en el Arsenal y murió cuando Miguel todavía era niño. Entre aquel muchacho serio y delgado y Don Bosco comenzó una relación que duraría casi toda la vida. Un día, Don Bosco extendió la mano hacia él y le dijo: «Nosotros dos haremos todo a medias». Aquella frase resultó casi profética.

Rúa estuvo entre los primeros jóvenes con quienes Don Bosco comenzó a pensar la Sociedad Salesiana. Fue ordenado sacerdote en 1860; a los 26 años fue enviado a dirigir Mirabello, la primera casa salesiana fuera de Turín. Después regresó a Valdocco, donde asumió progresivamente responsabilidades de formación, administración y gobierno. En 1875 recibió también la responsabilidad de acompañar a las Hijas de María Auxiliadora. Durante décadas no observó desde fuera el nacimiento de la obra de Don Bosco: creció dentro de ella, aprendiendo sus decisiones, sus preocupaciones, sus jóvenes y su manera de educar.

Dos palabras para toda una vida: «Hazte amar»

En enero de 1888, Don Bosco agonizaba en Valdocco. Las Memorias Biográficas conservan que una de las últimas palabras dirigidas a Don Rúa fue:

«Fatti amare» —«Hazte amar».

No era una consigna sentimental. Don Bosco le estaba confiando uno de los secretos más profundos del Sistema Preventivo: ya que podemos organizar, enseñar, corregir y gobernar, pero la educación salesiana solamente llega al corazón cuando la persona se sabe amada.

Don Rúa tuvo que aprender a vivir esas dos palabras en una situación completamente nueva. Don Bosco ya no estaba. Había que gobernar una Congregación que crecía rápidamente, acompañar comunidades muy lejanas, formar nuevos salesianos, cuidar las misiones y mantener unida una familia cada vez más internacional.

Y ahí descubrimos como Don Rúa fue un hombre que comprendió que ser fiel a Don Bosco no significaba repetir el Valdocco de 1850, sino conseguir que el corazón de Valdocco pudiera vivir en otros pueblos, lenguas y culturas.

Un padre que salió a buscar a sus hijos

Durante sus 22 años como Rector Mayor viajó incansablemente. Visitó obras salesianas en 18 naciones, recorriendo casas de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora. No quería gobernar el mundo salesiano únicamente desde un escritorio de Turín: quería ver, escuchar, animar y conocer personalmente a quienes sostenían la misión.

La expansión misionera fue extraordinaria. Al morir Don Bosco había 773 salesianos y 57 casas; cuando murió Don Rua en 1910 eran alrededor de 4.000 salesianos y 345 casas, presentes en 33 países. Pablo VI resumió después esa fecundidad con una imagen magnífica: Don Rúa había convertido

«el manantial en un río».

Pero un padre no cuenta solamente casas. Don Rúa impulsó también a los  Salesianos Cooperadores, promoviendo congresos internacionales y organizando mejor su participación en la misión. Animó las asociaciones de Antiguos Alumnos, porque consideraba que la relación educativa no terminaba cuando un joven abandonaba el colegio. Y acompañó con particular delicadeza a las Hijas de María Auxiliadora cuando las disposiciones de la Santa Sede exigieron una separación jurídica más clara entre ambos institutos. En aquel momento doloroso aseguró a Madre Catalina Daghero: «Esten tranquilas, no les abandonaremos».

Aquí descubrimos qué significaba para él ser padre: ayudar a crecer sin apropiarse, acompañar sin controlar y permanecer cercano incluso cuando las estructuras cambiaban.

La paternidad también se prueba cuando llegan tiempos difíciles

Su gobierno conoció crisis que no podían resolverse con entusiasmo. En Colombia, durante la Guerra de los Mil Días, entre 1899 y 1902, la violencia provocó escasez y grandes dificultades. Don Rúa siguió de cerca la obra salesiana y sostuvo, también mediante la red de Cooperadores, la misión entre los enfermos de Hansen cuando faltaban recursos y alimentos.

También sufrió la supresión de obras salesianas en Ecuador y Francia, graves tensiones institucionales y, en 1908, el terremoto de Sicilia, que causó la muerte de salesianos y alumnos. Los documentos de aquellos años dejan ver cuánto le afectaban personalmente estas heridas.

No podía estar físicamente en cada casa. Sin embargo, buscaba que quienes estaban lejos no se sintieran solos.Tal vez ahí entendemos mejor el 

«Hazte amar».

Que significaba hacer experimentar una presencia paterna capaz de decir: aunque estés lejos, aunque la misión sea difícil, aunque cambien las circunstancias, pertenecemos a una misma familia y no caminamos solos.

Jesús había dicho: «Que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17,21). Don Rúa convirtió esa comunión en una manera concreta de gobernar y acompañar.

Quizá el gran legado de Don Rúa no sea simplemente haber conservado la obra de Don Bosco.

Fue algo más difícil: permitir que creciera sin perder su corazón. Recibió de Don Bosco una casa y ayudó a convertirla en una familia extendida por el mundo.

Recibió un carisma y lo ayudó a atravesar fronteras. Recibió una última consigna —«Hazte amar»— y comprendió que sólo podía transmitir el espíritu de Don Bosco convirtiéndose él mismo en padre.

¿Quién ha sido para nosotros una presencia que supo acompañarnos sin ocupar nuestro lugar y ayudarnos a crecer?

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